Cuando rendir ya no alcanza: el desafío del liderazgo en equipos multigeneracionales

(Por Mariana Mendez, Coach Ejecutivo & Organizacional) Los equipos cumplen objetivos, los indicadores cierran y, sin embargo, algo no funciona. El agotamiento dejó de ser un problema individual para convertirse en un síntoma cultural que atraviesa generaciones y redefine el liderazgo.

Hace unos meses, en una conversación con un gerente de una empresa local, me dijo algo que escucho cada vez con más frecuencia: “Estamos logrando todo lo que nos proponemos… pero el equipo está exhausto”.

No hablaba de fracaso. Hablaba de éxito sostenido con desgaste acumulado.

Durante años asociamos el agotamiento con debilidad individual o mala gestión del tiempo. Sin embargo, el burnout fue reconocido como fenómeno ocupacional por la World Health Organization, lo que marcó un cambio de paradigma: ya no se trata solo de resiliencia personal, sino de diseño organizacional.

La investigadora Christina Maslach lo describe en tres dimensiones: agotamiento emocional, cinismo o desconexión y sensación de ineficacia. No es simplemente estar cansado. Es empezar a perder el vínculo con aquello que antes motivaba.

Lo más inquietante es que el fenómeno aparece muchas veces en equipos de alto desempeño. Investigaciones difundidas por Harvard Business Review muestran que los perfiles más comprometidos suelen ser los más vulnerables, porque internalizan los objetivos como responsabilidad personal. Cuando la cultura premia la disponibilidad permanente, el límite desaparece.

Aquí es donde el tema deja de ser individual y pasa a ser cultural.

La escena cotidiana

Imagina esta reunión:

Un líder de Generación X dice con orgullo:

“Este equipo responde a cualquier hora.”

Un Millennial piensa:

“¿Y eso es algo para celebrar?”

Un integrante de Generación Z se pregunta:

“¿Eso significa que nunca voy a desconectar?”

Nadie lo dice en voz alta. La reunión sigue. 

Pero el mensaje cultural ya quedó instalado.

La frase no es problemática en sí misma. Lo que revela es el modelo de liderazgo que la sostiene. Y ese modelo ya no es interpretado igual por todas las generaciones.

La Generación X fue formada en una lógica donde el esfuerzo silencioso era sinónimo de responsabilidad. Para muchos de sus líderes, la disponibilidad permanente es una muestra de compromiso. El mérito está en resistir.

Los Millennials crecieron en un contexto donde el propósito y el equilibrio empezaron a ganar espacio. Cuando escuchan esa misma frase, no necesariamente la leen como virtud. Evalúan coherencia. Si el discurso organizacional habla de bienestar pero la práctica celebra la hiperdisponibilidad, aparece la disonancia. Y frente a la disonancia, suelen tomar decisiones.

La Generación Z va un paso más allá. Tiene menor tolerancia a culturas que normalizan la sobreexigencia permanente. No porque carezca de compromiso, sino porque fue socializada en un contexto donde la salud mental es conversación abierta. Si percibe que la regla implícita es “estar siempre”, su reacción puede ser desconectarse emocionalmente o buscar otro entorno.

El conflicto, entonces, no es generacional. Es cultural, en un cambio de paradigma en la manera de entender el trabajo.

El World Economic Forum viene señalando que el bienestar y la salud mental son variables estratégicas para la competitividad futura. No se trata de sensibilidad, sino de sostenibilidad. Equipos agotados innovan menos, colaboran peor y rotan más.

La pregunta que emerge es incómoda: ¿estamos liderando bajo un modelo que fue exitoso en el pasado pero que hoy genera fricción cultural?

La teoría de autodeterminación desarrollada por Edward Deci y Richard Ryan sostiene que la motivación sostenible depende de tres factores: autonomía, competencia y pertenencia. Cuando alguno de estos pilares se debilita —por exceso de control, falta de reconocimiento o pérdida de sentido— el rendimiento puede sostenerse un tiempo, pero el compromiso profundo se erosiona.

Es como un motor funcionando constantemente en zona roja. Responde. Pero el desgaste es inevitable.

En muchas organizaciones el agotamiento no proviene solo de la carga de trabajo, sino de la urgencia permanente, la ambigüedad de prioridades y la falta de conversaciones claras sobre límites. La hiperconectividad borró fronteras y convirtió la excepción en norma.

En el contexto de las pymes uruguayas, donde los líderes suelen estar altamente involucrados y el ejemplo del fundador marca cultura, el impacto es aún más visible. Si el liderazgo modela hiperdisponibilidad, el equipo aprende que ese es el comportamiento esperado, aunque nunca se lo haya pedido explícitamente

Aquí aparece el verdadero desafío del liderazgo actual: no se trata de exigir menos, sino de diseñar modelos de desempeño sostenibles para equipos culturalmente diversos.

Porque cada generación aporta fortalezas distintas:

  • La resiliencia y experiencia de la Generación X.

  • La búsqueda de propósito de los Millennials.

  • La conciencia de límites y coherencia de la Generación Z.

El problema surge cuando el liderazgo intenta gestionar a todas bajo un único marco mental.

Las organizaciones que logran alto desempeño sostenido no son las que trabajan más horas, sino las que gestionan mejor la energía colectiva. Incorporan conversaciones sobre carga real, redefinen prioridades y legitiman el descanso como parte de la estrategia, no como premio posterior al agotamiento.

Porque el desgaste no surge de un día para otro. Se construye en pequeñas señales acumuladas: correos fuera de horario que nadie cuestiona, agendas sin espacios de recuperación, reconocimientos asociados al sacrificio más que al impacto.

Tal vez la pregunta más estratégica hoy no sea “¿cómo vamos con los números?”, sino “¿cómo está la energía del equipo para sostener estos números en el tiempo?”.

Rendir ya no alcanza.

El liderazgo que hoy marca diferencia es el que entiende que la productividad sin conciencia termina expulsando talento. El verdadero diferencial competitivo será construir culturas donde el desempeño no se logre a costa de las personas, sino junto a ellas. Donde cada generación pueda aportar su fortaleza sin quedar atrapada en un modelo que ya no responde al contexto actual.

Las generaciones cambiaron.

El contexto cambió.

La pregunta es si el liderazgo está dispuesto a cambiar también.

Los problemas que no se nombran se vuelven cultura silenciosa.

Cuando se los reconoce y se los gestiona, pueden transformarse en una oportunidad concreta de evolución organizacional.