No suele decirse al inicio. Aparece sobre el final, casi en voz baja.
“Si me preguntás, todo está bien… pero yo no.”
No hablan de una crisis.
No hablan de querer dejar todo.
Hablan de algo más difícil de explicar.
Funcionan. Cumplen. Responden. Deciden.
Desde afuera, no hay señales de alarma.
Desde adentro, algo dejó de acompañar.
Es un poco como manejar el auto cuando, en teoría, todo está en orden. El tablero no prende ninguna luz, el motor arranca, el volante responde. Pero algo se siente raro. Una vibración mínima, casi imperceptible. Nada grave. Nada urgente. Y entonces uno sigue, porque —en definitiva— el auto anda.
Muchos líderes hoy están exactamente ahí.
El desgaste que no hace ruido
Durante años se viene hablando del burnout como un quiebre claro: agotamiento extremo, hartazgo, deseo de abandonar.
Pero lo que empieza a verse con más fuerza es otra cosa.
Personas que no están quemadas, pero sí gastadas.
No colapsan, pero están más reactivas.
No perdieron capacidad, pero sienten que todo les cuesta un poco más.
No es falta de compromiso.
Es desgaste acumulado.
La ciencia viene observando este fenómeno desde hace tiempo. El neurocientífico Bruce McEwen lo explicó hace algunos años de una manera muy clara, cuando una persona vive durante mucho tiempo bajo exigencia constante, el cuerpo aprende a adaptarse para sostener el ritmo… pero esa adaptación tiene un precio. No se rompe de golpe, pero empieza a funcionar con más esfuerzo, gastando más energía de la que puede reponer.
Dicho en simple: el sistema aguanta, pero cada vez con menos resto.
Cuando decidir se vuelve pesado
Por eso empiezan a escucharse frases conocidas:
-
“No tengo energía para entrar en ese tema ahora”
-
“Después lo vemos”
-
“Ya sabemos cómo termina, para qué hacer algo”
No suelen decirse con enojo y en ocasiones ni con desinterés. Se dicen con cansancio. Con ese cansancio que no se nota en la agenda, pero sí en el tono.
Aparecen en reuniones donde hay temas importantes, pero no urgentes. En decisiones que requieren pensar un poco más, escuchar otras miradas, sostener una conversación incómoda. Y entonces se postergan. No porque no importen, sino porque exigen una energía que en ese momento no está disponible.
Así se empiezan a acumular pequeñas decisiones no tomadas: conversaciones pendientes, ajustes necesarios, cambios que todos ven venir pero nadie termina de abordar. Nada grave por separado, sin embargo algo pesado cuando se junta.
El problema no es solo lo que se posterga, sino lo que se pierde en el camino. Se pierde claridad, se pierde creatividad, se pierde apertura. La mente se vuelve más defensiva, más corta, más enfocada en cerrar rápido que en pensar bien.
No es que la persona haya dejado de liderar.
Es que está liderando con menos resto del que cree.
Y ese cambio no queda solo en la cabeza de quien decide.
Cuando un líder empieza a operar desde ese lugar, los pares lo sienten. Las conversaciones se vuelven más tácticas, menos estratégicas. Se habla de lo urgente, pero se evita lo importante. Empieza a haber menos preguntas y más afirmaciones cerradas. Menos intercambio genuino y más acuerdos rápidos para seguir adelante.
En los equipos, el efecto es aún más visible. Si quien lidera posterga, el equipo aprende a postergar. Si evita conversaciones difíciles, el equipo hace lo mismo. No por falta de compromiso, sino porque el clima lo habilita. Se instala una cultura de “mejor no mover demasiado”, donde nadie falla… pero nadie crece.
Los resultados, al principio, no se resienten. De hecho, muchas veces se sostienen. Pero lo hacen a costa de mayor desgaste, menor innovación y decisiones cada vez más conservadoras. Se trabaja mucho para lograr lo mismo. Y eso, tarde o temprano, se nota.
Así es como el cansancio individual empieza a transformarse en un rasgo cultural. No se declara, no se conversa, pero se respira. Está en el ritmo, en las prioridades y en la forma en que se toman —o se evitan— las decisiones.
El riesgo de seguir funcionando
El problema de este estado es que no se nota enseguida.
Justamente por eso se sostiene.
Mientras todo siga funcionando, no hay motivos claros para frenar. Y así, poco a poco, se normaliza vivir en piloto automático.
Cuando “funcionar” se convierte en el único objetivo, se pierde sensibilidad para registrar las señales internas. Y lo que no se escucha a tiempo, suele manifestarse más adelante de formas menos amables: desconexión, apatía, pérdida de sentido.
No siempre con enfermedad.
Muchas veces con una sensación más silenciosa, ya no disfruto como antes.
Escuchar antes de romper
No se trata de parar todo ni de hacer cambios drásticos.
Se trata de escuchar antes de que el cuerpo tenga que gritar.
Tal vez la pregunta no sea:
“¿Puedo seguir así?”
Sino algo un poco más incómodo y más honesto:
¿Qué parte de mí está pidiendo bajar un cambio antes de quedar fuera de carrera?
Porque liderar, decidir y sostener a otros no depende solo de lo que hacemos, sino del estado interno desde el que lo hacemos.
Y ese estado no aparece en ningún tablero.
Para pensar esta semana
Elegí una situación concreta —una reunión, una decisión, una conversación— y preguntate:
¿estoy realmente presente o solo estoy funcionando?
A veces, ese registro mínimo es el primer gesto de liderazgo real.
Referencias
-
McEwen, B. (2017). Neurobiological and Systemic Effects of Chronic Stress. Rockefeller University.
-
Arnsten, A. (2009). Stress signalling pathways that impair prefrontal cortex structure and function. Nature Reviews Neuroscience
Tu opinión enriquece este artículo: