¿Lustra, Don?... se lustra
(Por Flavio Olivier) “¡¿Lustraron los zapatos?!”… era el santo y seña con el que se ponía fin al domingo. Se terminaba la carrera de autitos (unas primitivas unidades plásticas de mala calidad que rellenábamos con masilla o plastilina para darles peso y rodábamos durante horas en improvisados circuitos de tierra y arena en el fondo de casa) y arrancaba la cuenta regresiva al lunes: completar deberes y cuadernos de notas, organizar portafolios (ninguna mochila, ¡no existían!), revisar guardapolvos y por supuesto; lustrar los zapatos... estos podían tener más kilómetros que el coche pero no existía excusa alguna para llevarlos sin brillo.
(Por Flavio Olivier) “¡¿Lustraron los zapatos?!”… era el santo y seña con el que se ponía fin al domingo. Se terminaba la carrera de autitos (unas primitivas unidades plásticas de mala calidad que rellenábamos con masilla o plastilina para darles peso y rodábamos durante horas en improvisados circuitos de tierra y arena en el fondo de casa) y arrancaba la cuenta regresiva al lunes: completar deberes y cuadernos de notas, organizar portafolios (ninguna mochila, ¡no existían!), revisar guardapolvos y por supuesto; lustrar los zapatos... estos podían tener más kilómetros que el coche pero no existía excusa alguna para llevarlos sin brillo.