El kidulting mueve millones de dólares (comprar juguetes sin jugar, el fenómeno del coleccionismo de adultos)

En un mundo acelerado, miles de adultos buscan refugio en los juguetes de su infancia. Lejos de ser un simple pasatiempo, han creado un mercado global que mueve miles de millones de dólares, donde un pedazo de plástico puede ser a la vez un ancla emocional y una codiciada pieza de inversión.

He-Man, GiJoe y Gobots son más que recuerdos de una infancia pasada. Son objetos preciados de colección que viven y se acumulan en estantes y vitrinas de coleccionistas que siguen invirtiendo dinero en ellos y muchos más.

En la era digital, donde la vida adulta parece sinónimo de estrés y responsabilidades, un fenómeno silencioso ha tomado por asalto las billeteras y los corazones de parte de la generación que creció en los 80 y 90. Se trata de la llamada "kidulting", la tendencia de adultos que compran juguetes para sí mismos, transformando un rincón de su casa en un santuario de nostalgia. No es un capricho aislado; es un mercado en plena ebullición.

En Uruguay, tiendas como Freakland y Vieja Bohemia cultivan esto entre sus clientes, con figuras de segunda mano. Otras, como la cadena X-Uruguay, Darkside Bros. y Collectibles incluyen figuras nuevas en sus catálogos.

Solo en Estados Unidos, las ventas de juguetes para adultos crecieron un 14% en un año, generando un mercado de 5.700 millones de dólares. A nivel global, la cifra es aún más impactante, con estimaciones que indican que casi la mitad de los juguetes vendidos hoy tienen a un adulto como destinatario final. Pero, ¿qué impulsa a un profesional de 40 años a buscar con fervor esa figura de las Tortugas Ninja que nunca tuvo?

El motor de la nostalgia

La respuesta parece estar en la memoria emocional. Para José Episcopo, dueño de la tienda de coleccionables Vieja Bohemia en Montevideo, el valor del objeto es secundario. “Me tira más el contexto y lo que moviliza emocionalmente que el artículo", confiesa. Su conexión con el pasado es tan vívida que puede saborearla. "El álbum de Supercampeones me lleva a cuando veía la serie animada tomando la merienda, o a cuando cambiábamos figuritas en la escuela". Ese poder de teletransportación a un momento más simple es el núcleo del fenómeno. Gerónimo Oyenard, un referente del coleccionismo en Uruguay, coincide plenamente. La motivación, explica, es “volver a aquellas épocas en las que no había preocupaciones”.

Este anhelo por un pasado idealizado se intensificó durante la pandemia. En un mundo incierto, los juguetes se convirtieron en un mecanismo de defensa, una forma de "sanar al niño interior". Episcopo lo ve en sus clientes y lo siente en carne propia: "Uno entra a una parte de su vida en la que todos estos objetos de los 90 para atrás te retrotraen a una época en la que todo era más lento, más tranquilo. Y esos objetos, que pueden ser un poco de plástico, te siguen alegrando, quizás te puedan dar una felicidad que otra cosa no te la ofrece". Es la búsqueda de una alegría pura, un antídoto contra la complejidad del presente.

Un negocio de miles de millones

Lo que comienza como un impulso sentimental se ha convertido en un motor económico de una fuerza arrolladora. Las grandes marcas han tomado nota y han reorientado sus estrategias para capitalizar este mercado. LEGO lanzó su línea "Icons" con sets complejos dirigidos a adultos; Mattel vio cómo las ventas de Barbie se disparaban entre coleccionistas tras el éxito de la película, y Hot Wheels mantiene una comunidad de seguidores adultos que pagan fortunas por piezas raras.

Oyenard lo tiene claro: "Desde fines de los 90, el mercado se ha inclinado mucho hacia los coleccionistas adultos, con marcas que se denominan ‘evergreen’, que nunca van a pasar de moda como las de Star Wars y otras".

Este boom también se explica por factores económicos. La rareza ha convertido al hobby en una forma de inversión. Piezas de edición limitada o en perfecto estado pueden alcanzar valores astronómicos en el mercado de reventa, atrayendo no solo a nostálgicos, sino también a inversores. Episcopo, que atiende en su local a un público de entre 35 y 70 años, lo confirma: "Casi todos son padres de familia, muy enfocados en la historia detrás de los objetos. Y es gente que investiga, sabe lo que es, conoce incluso cómo se fabricaban".

Del tesoro personal a la comunidad

Detrás de cada colección hay una historia de origen. "Yo me acerqué al coleccionismo a través de mi viejo, que coleccionaba desde los veinte años. Así que me crie entre comics, afiches y demás cosas vintages", relata Episcopo, cuya pasión personal se refleja en sus 150 artículos más preciados, un contraste con los más de 4.000 que tiene a la venta.

Para Gerónimo Oyenard, el viaje empezó con la escasez. "En mi infancia no tenía grandes colecciones porque en los 80, si eras de clase media para abajo, tenías tu cumpleaños, Navidad y Reyes y nada más". Su primera figura fue un "Galaxy Warrior, un He-Man trucho de los que llegaban a Uruguay", un recuerdo que pinta la realidad de una época. Esa carencia se convirtió en un motor poderoso.

Con el tiempo, el hobby ha evolucionado. Ya no se trata solo de acumular, sino de apreciar. "Con los años se ha ido apreciando el trabajo de los diseñadores y artistas que hacían las figuras de los 80", señala Oyenard. Este reconocimiento ha elevado el estatus de las figuras de simples juguetes a obras de arte.

Pero quizás el factor más importante es el social. En un mundo que sufre una epidemia de soledad, el coleccionismo crea lazos. Foros en línea, grupos en redes sociales y convenciones como la ToysCon y o la Feria Vieja Bohemia en Uruguay permiten a los aficionados compartir su pasión, intercambiar información y forjar amistades. Es la prueba final de que estos objetos son mucho más que plástico: son catalizadores de emociones, vehículos de inversión y, sobre todo, constructores de comunidad.

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