En un contexto donde las organizaciones se preguntan cómo atraer y retener talento comprometido, el concepto de #Ikigai —aunque muchas veces malinterpretado en Occidente— puede ser una brújula. No como herramienta de gestión, sino como una invitación al autoconocimiento.
Pero antes de avanzar, conviene volver a su verdadero significado.
¿Qué es el Ikigai?
En Okinawa, donde la longevidad y la vitalidad son un sello cultural, Ikigai significa literalmente: “aquello por lo que vale la pena levantarse cada mañana”. Puede tratarse de algo grande o pequeño: una vocación profesional, cuidar un jardín, aprender un arte, o ayudar a la comunidad.
En Japón, el Ikigai no se persigue como una meta, se cultiva como un arte. Quizás ese sea el mayor aprendizaje que esta filosofía tiene para ofrecernos: que el propósito no es algo que se alcanza, es algo que se vive, día a día, en el detalle y en la intención.
Uno de los estudios más profundos sobre este concepto fue desarrollado por Meiko Kamiya, considerada la “madre del Ikigai”. En su obra Ikigai ni Tsuite (Sobre el Ikigai), describe este estado como algo mucho más cotidiano y emocional que una gran misión de vida. Según Kamiya, el Ikigai es “esa sensación de calidez que sentimos al despertar por la mañana”, una forma de estar en el mundo que nace del sentido, no de la obligación. Tal vez, como propone Kamiya, la pregunta no sea solo “¿cuál es tu propósito?”, sino “¿qué hace que hoy valga la pena levantarte?”
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Más que una meta, es una práctica diaria.
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Más que una fórmula, es una vivencia íntima y cambiante.
¿Qué tiene que ver con las empresas?
Aunque su origen no está en el ámbito laboral, el Ikigai puede enriquecer profundamente la cultura organizacional si se lo comprende con respeto. Su verdadero valor en el contexto organizacional está en ofrecer a las personas un espacio de reflexión y autoconocimiento.
Las organizaciones que abren estos espacios no solo favorecen el bienestar y el desarrollo de su gente, sino que construyen culturas donde la conexión entre propósito personal y propósito colectivo se da de forma auténtica, no impuesta.
Muchas empresas buscan colaboradores comprometidos, motivados, creativos. Sin embargo, no siempre se detienen a preguntarse:
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¿Qué mueve internamente a cada persona que trabaja aquí?
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¿Qué da sentido a su vida más allá del trabajo?
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¿Cómo podemos acompañar ese propósito sin imponer el nuestro?
Y allí es donde el Ikigai ofrece una puerta.
Ikigai en las empresas: un camino de autoconocimiento, no de alineación forzada
El Ikigai no debe ser instrumentalizado como un modelo de eficiencia o una “fórmula del éxito”. Su valor radica en abrir conversaciones honestas y humanas dentro de las organizaciones:
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Acompañar a cada persona a explorar qué le da sentido y propósito en su vida.
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Facilitar espacios donde puedan preguntarse si su trabajo actual acompaña o limita ese Ikigai.
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Promover el diálogo entre el propósito personal y el propósito colectivo de la organización.
El desafío para los líderes: abrir espacios significativos
En lugar de motivar a la fuerza, el liderazgo que viene será el que sepa crear condiciones para que cada colaborador se motive desde dentro. El Ikigai, en ese sentido, no es la solución, pero sí una invitación poderosa:
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Una persona conectada con su propósito no necesita que la empujen: quiere formar parte.
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Un equipo donde cada quien sabe qué lo mueve, es más resiliente, más creativo y más comprometido.
El Ikigai, así entendido, puede ayudarnos a acompañar el desarrollo de los colaboradores y así construir empresas más humanas, más alineadas y más sostenibles.
Referencias sugeridas:
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Meiko Kamiya, Ikigai ni Tsuite (1966).
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Héctor García y Francesc Miralles, Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz (2016)
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Ken Mogi, The Little Book of Ikigai (2017)