Hay una imagen que resume mejor que mil análisis lo que está pasando con el fútbol: antes de cada partido del Mundial 2026, además de inflar la pelota, hay que cargarla. Sí, leyó bien: la Trionda, el balón oficial de Adidas para esta Copa, trae un sensor adentro y necesita unos noventa minutos de carga para aguantar las seis horas de batería que pide una jornada de competencia.
A más de uno se le frunce el corazón con solo leerlo. “Esto ya no es fútbol”, dirán los puristas, y tienen derecho a la nostalgia. Pero hay un dato incómodo que conviene poner sobre la mesa de entrada: la tecnología no está golpeando la puerta del deporte, ya está adentro, sentada a la mesa. La discusión sobre si debe entrar es vieja. La discusión real es cómo convivimos con ella.
Repasemos hasta dónde llegó la cosa, porque cuando uno junta todas las piezas, la conclusión es una sola.
La pelota que piensa (o casi)
La Trionda lleva una unidad de medición inercial suspendida en el centro que captura datos 500 veces por segundo: posición, velocidad, dirección y cada toque, en tiempo real. No es un chiche de marketing, este sensor permite marcar con precisión milimétrica el instante exacto en que un jugador toca la pelota, para saber si la empujó a la red, si dio la asistencia o si la tocó antes del córner. Ese “punto de pegada” es el cimiento de todo lo que viene después.
Porque la pelota no trabaja sola, se combina con las cámaras del estadio y con un sistema que arma un esqueleto digital de cada jugador. Cuando la pelota habla con las cámaras, nace la decisión arbitral más temida y más discutida del fútbol: el offside.
El offside ya no espera al banderazo
Si hay algo que históricamente generó injusticias y peleas de café, es el fuera de juego. El Mundial 2026 estrena una versión recargada del offside semiautomático. El sistema mide 29 puntos del cuerpo de cada jugador, 50 veces por segundo, y es una inteligencia artificial la que procesa esa catarata de información y le manda la alerta al árbitro.
¿La diferencia con versiones anteriores? El umbral. Antes el sistema solo avisaba si un jugador estaba más de 50 centímetros adelantado. Ahora salta una alerta de audio al auricular del asistente cuando la diferencia supera los 10 centímetros más fino, más rápido.
A eso se suma otro chiche tecnológico: los avatares 3D. A cada jugador lo escanean antes del torneo (un escaneo que toma apenas un segundo y captura las dimensiones reales de su cuerpo) para generar un modelo tridimensional que después se usa en las repeticiones que vemos en la pantalla del estadio y en la transmisión global.
Un detalle que vale subrayar, porque desarma el miedo del reemplazo total: el sistema se llama semiautomático por algo. La máquina mide y recomienda; el árbitro decide. La IA quedó a cargo de lo medible, no de lo opinable. Si un jugador adelantado interfirió o no en la jugada, eso sigue siendo criterio humano.
La pechera que cuida el cuerpo
Levantemos ahora la vista de la pelota y miremos la espalda de los jugadores. Ese bulto entre los omóplatos es un GPS metido en una pechera. Las marcas que dominan el mercado (Catapult, STATSports) mide velocidad, distancia recorrida, aceleraciones, cantidad de sprints y la carga física de cada futbolista. No es solo para saber quién corrió más, el verdadero negocio es la prevención de lesiones.
El oráculo de silicio: la IA que predice el campeón
Si usted ya armó el fixture con la lógica de “Alemania siempre llega”, malas noticias. El supercomputador de Opta corrió el torneo entero entre 10.000 y 25.000 veces para estimar las probabilidades de cada selección, usando ratings de performance de ataque y defensa de los jugadores titulares de cala selección, calibrados contra miles de partidos históricos.
¿El veredicto? España es la favorita con un 16,1% de chances de levantar la copa, seguida por Francia (13%), Inglaterra (11,2%) y Argentina, cuarta, con un 10,4%. A los anfitriones, el modelo casi ni los considera: Estados Unidos aparece 18º con 1,2%, México con 1% y Canadá con apenas 0,5%.
Ahora, una advertencia: que una máquina simule 25.000 veces no significa que sepa quién va a ganar. La pelota, dicen, es caprichosa. La supercomputadora no predice el futuro, lo simula. Es un termómetro muy sofisticado, no una bola de cristal. Si fuera infalible, no jugaríamos el partido.
El análisis dejó de ser para ricos
Acá hay un cambio silencioso pero enorme: la FIFA estrenó en este Mundial la AI Pro, una plataforma que le da a las 48 selecciones acceso a herramientas de análisis entrenadas con más de 2.000 métricas específicas del fútbol. Antes, FIFA repartía informes larguísimos después de cada partido y cada equipo necesitaba un ejército de analistas para interpretarlos.
El problema es obvio: no todas las federaciones pueden pagar ese ejército. Como lo dijo Johannes Holzmüller, de FIFA, la idea es democratizar el dato para que una selección modesta compita en información con las potencias. La IA, en este caso, no agranda la brecha: la achica.
Curazao tendrá acceso a las mismas herramientas analíticas que Inglaterra. Que después la diferencia la marquen los jugadores, bueno, para eso se juega.
La conclusión que no se puede esquivar
Podemos pelearnos por el offside de un centímetro. Podemos extrañar el banderazo del línea y el gol gritado sin miedo. Todo eso es legítimo, sano y necesario. Lo que ya no se puede discutir es si la tecnología es parte del deporte. La nostalgia es entendible, pero no es una estrategia. El fútbol nunca estuvo tallado en piedra, fue cambiando con cada herramienta que apareció. La pregunta de fondo, entonces, no es si dejamos entrar a la inteligencia artificial. Ya entró, ya juega, ya está en la cancha.
La pregunta es mucho más adulta: ¿qué le pedimos que decida y qué nos reservamos los humanos? ¿Dónde ponemos la línea entre lo que la máquina mide y lo que el corazón siente? Esa pelota, la de la decisión, todavía no tiene chip. Y ojalá no lo tenga nunca.
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