"Competimos precio a precio con los barrios de Montevideo y ganamos" (Leandro Añón, CEO y fundador de La Tahona)

El empresario habló con InfoNegocios sobre la ventaja fiscal para nuevos residentes, la llegada de empresarios brasileños y por qué, a 35 años del primer club de campo del área metropolitana, todavía queda mercado para el 30% de las 600 hectáreas que manejan.

A comienzos de los años 90 La Tahona era una apuesta a todas luces temeraria: un club de campo en el medio de la nada, a cuatro kilómetros de la ruta Interbalnearia, sin luz ni servicios. Hoy es un polo de siete barrios, 1.500 familias y más de 1.000 millones de dólares en inversión inmobiliaria de sus propios residentes. Pero el proyecto no se detiene ahí. Con el 60-70% de las 600 hectáreas ya desarrolladas, Leandro Añón, CEO y fundador del grupo, avanza ahora sobre un nuevo frente: La Tahona Valley, una apuesta a que la zona se convierta en un polo corporativo y tecnológico, de la mano de la instalación del data center más grande de Uruguay y la llegada de empresas como Xiaomi y Samsung. En esta entrevista, Añón repasa la historia del proyecto, la competencia de los barrios cerrados, la demanda que llega desde Montevideo y del exterior, y el desafío de sumar oficinas y desarrollos comerciales a un modelo que nació —y sigue viviendo— del boca a boca de los asados de fin de semana.

La Tahona fue pionera en un modelo de desarrollo que hace más de 35 años parecía una apuesta muy arriesgada. Hoy, con decenas de proyectos similares en el mercado, ¿cuál creés que sigue siendo la principal ventaja competitiva que tienen?

Primero, haber sido pioneros y tener el primer club de campo cerca del área metropolitana nos dio un diferencial. Hay que pensar que esto era el medio del campo, a cuatro kilómetros de la ruta Interbalnearia. La gente se mudó a un paisaje: el concepto del club de golf era mudarse a una aventura, hace 35 años.

Hoy es una modalidad que todo el mundo incorpora, se ha complicado la seguridad y eso le dio un factor adicional. Pero originariamente la gente se mudó a un terreno en el medio del campo; el campo de golf era la excusa para vivir en un paisaje. Hoy tenemos 1.500 familias que han hecho su inversión, que se ha valorizado, y que disfrutan de este entorno. Para la generación joven, con todos los cambios tecnológicos, hoy sigue siendo una opción válida.

¿Y cómo se manejan con esto de que haya cada vez más competencia? Con la experiencia de tantos años, ¿qué errores identifican en algunos desarrollos que se llevan adelante?

Creo que las normas y la tendencia están llevando todo hacia los barrios cerrados. Nosotros nos identificamos más con un club de campo, un lugar generoso en espacios verdes: forestación, lago, viña, golf, paisaje. El error que le veo a algunos productos de la competencia es que apuntan a un target de negocio más chico, más parecido a la cooperativa de vivienda. Me parece que el diferencial de nuestro producto es ser muy generoso con los espacios, y eso también genera comunidad.

Tenemos un club con dos campos de golf, en más de 70 hectáreas, y un montón de amenities que nos permite esa amplitud. 

Camino de los Horneros cambió por completo desde que llegó La Tahona, y resignificó la forma de vivir en el área metropolitana de Montevideo. Si tuvieras que proyectar los próximos 10 años, ¿cómo imaginás la evolución de esta zona, y qué rol aspirás que tenga Grupo La Tahona en esa evolución?

Primero, La Tahona como marca es el nombre del lugar, más allá del grupo. Tenemos varios verticales y proyectos en otros departamentos del Uruguay. Que hoy tengamos siete barrios alrededor no fue un punto de partida: originariamente era un camino de balastro con dos maderos, sin iluminación, sin servicios.

En la medida en que la gente se vino para acá, los servicios llegaron. Hoy tenemos supermercado, Tienda Inglesa, y vamos a tener uno en cada barrio en los próximos cuatro años. Es decir, hoy es vivir en el medio del campo con los servicios de la ciudad. Y la conectividad es igual a la de Montevideo: hay gente que vive de acá al mundo, porque estamos a cinco minutos del aeropuerto, más cerca que si vivieran en otro lugar de la ciudad.

De las 600 hectáreas que manejamos hemos desarrollado el 60-70%, pero para el otro 30% hay mercado asegurado. Lo que nos queda por construir tiene cada vez más demanda: es mucho más fácil esta etapa que la anterior. Los primeros días, venir a vivir al medio de la nada fue una aventura; nosotros fuimos, de hecho, una de las primeras familias en mudarnos. Después esa misma secuencia se repitió en cada uno de los barrios. Ahora, con siete barrios, ya tenés una masa crítica: en cualquier momento tenemos tercera generación, 35 años después.

Eso hizo que tengamos una marca muy fuerte, respaldada por 1.500 familias, cada una con su título y su inversión inmobiliaria. Hay más de 1.000 millones de dólares de inversión que son de la gente, más allá de lo que haya invertido La Tahona. Además, seguimos siendo muy competitivos: competimos contra los barrios residenciales de Montevideo y contra algunas cosas que han aparecido en la Costa de Oro, y precio a precio somos competitivos en servicio, calidad y precio.

¿De dónde viene esa demanda?

Creo que la ciudad tiene un problema: a algunos ciudadanos los expulsa, y hay una tendencia a vivir en un entorno verde, más tranquilo y seguro, sobre todo porque ya no hay necesidad de ir al centro a trabajar todos los días. Eso generó también un cambio social enorme para los trabajadores de la zona: antes había que montarse en un ómnibus y hacer una hora, hora y media, para ir a trabajar a Montevideo. Hoy la gente viene en bicicleta a laburar acá.

Hay 4.000 personas que trabajan en los distintos segmentos —el club, los servicios, la seguridad, el verde, la parte sanitaria, electricistas— y entre 700 y 800 personas en construcción, un número que se renueva todos los años: se terminan unas casas, empiezan otras; se terminan unos edificios, empiezan otros.

Este lugar se concibió como una zona residencial, pero ahora tienen el desarrollo de La Tahona Valley. ¿En qué consiste esta nueva apuesta, que inaugurará sus primeras torres en setiembre y cuál es la visión detrás de La Tahona Valley?

Si miramos la tendencia de oficinas, también ahí hubo un cambio en el real estate: muchas oficinas se instalan en Carrasco, la tendencia viene para este lado. Tenemos vecinos que no quieren ir al centro, que tienen su empresa y su inversión —muchos con su galpón de logística en la ruta 101— y les conviene estar cerca. Las oficinas nuevas también son más disruptivas: quizás lo más importante hoy de una oficina es la conectividad.

Se está instalando el data center más grande del Uruguay, probablemente de la región, con una inversión de 1.000 millones de dólares, a la vuelta de la esquina. Todo esto genera un muy buen microclima, el que todos los emprendedores admiramos de Silicon Valley en Estados Unidos: un nodo de negocios, de vínculos, de desarrollo, donde unos se alimentan de otros. Ese es el desafío, pero tenemos casi un público cautivo: son nuestros propios clientes los que van a traer sus empresas.

¿Qué empresas se van a instalar allí?

Tenemos, por ejemplo, inversores de Xiaomi y de Samsung, además de otros fondos de inversión. Tenemos una conversación muy avanzada con Blue Cross para una clínica, y distintos verticales más. También hay un grupo que está hablando de traer un hotel a la zona.

Ya tenemos un hotel funcionando en Viñedos, que es un éxito: cuando empezamos pensábamos que habría consumo para 10 o 12 apartamentos, y hoy hay días en que llamás para alquilar uno y ya está ocupado. Algo parecido pasa con los desarrollos que hicimos en Casa de Campo, un proyecto que va a ser residencial y que hoy ya tiene dos canchas de polo, una escuela de salto, caballerizas, y un espacio para eventos de hasta 3000 personas. En las Tahonas no podemos hacer mucho ruido porque el vecino está descansando; con siete clubhouse nos faltaba volver a tener ese lugar. La Tahona se inauguró, hace 35 años, con un desfile de modelos de Pancho Dotto en el medio del campo, con partidos de polo cross entre fardos de alfalfa. Hoy Casa de Campo recupera esa idea, con infraestructura de primer nivel.

Y La Tahona se vende con el asado de fin de semana. El pariente que invita al otro, que dice "qué lindo lugar". Hay decenas de asados todos los fines de semana; esa es la mejor promoción que tenemos: la gente disfrutando el lugar.

Ahora, con La Tahona Valley se están corriendo un poco de lo residencial hacia el rubro oficinas. ¿Qué desafío representa eso?

Tenemos empresarios que ya viven acá y de alguna manera nos llevan de la mano; en el fondo es un tema de comunidad. Pero alcanza con mirar lo que pasó alrededor: Carrasco generó una tendencia y se instalaron todas las automotoras sobre la Interbalnearia; en el Parque de la Ciencia se instaló Google, y muchas de esas empresas tienen dueños que viven acá. Tengo empresarios de Pando que se dan cuenta de que un terreno bien ubicado en la ciudad —que además muchas veces implica demoler una casa para construir de nuevo— sale parecido a venir a vivir acá, tranquilos, y seguir yendo a trabajar a su farmacia o su comercio en Pando. De la Costa, que es la zona de mayor crecimiento de Uruguay, ya ni hablar.

Lo que hacemos es, sobre todo, ofrecer un título puro para el cliente, y eso construye trayectoria, marca y respaldo: hemos cumplido con gente que compró cuando el proyecto recién empezaba. Ese sigue siendo nuestro producto tradicional; ahora incorporamos esta otra oportunidad de desarrollo empresarial, que a su vez viene del propio emprendedor que vive en La Tahona y trae su proyecto. Es un círculo virtuoso: en los clubes aparecen clubes de negocios, se suman oportunidades. Hoy tenemos, por ejemplo, una comunidad brasileña llegando, mucha gente del mundo digital que se instala como residente fiscal, hace vínculos con los vecinos y termina invirtiendo acá.

La ventaja fiscal sigue siendo un diferencial de Uruguay…

Seguimos vendiendo eso, sí, pero estamos en competencia: la misma persona se puede ir a Portugal o a Paraguay. No somos los únicos con ventaja fiscal, pero para algunos inversores son 10 u 11 años sin pago de impuestos personales, y eso hace que cada familia que se instala traiga sus cosas: compra una casa, desarrolla una empresa si es emprendedor. A nosotros eso nos moviliza.

Siempre cuento el ejemplo de mi amigo Jorge Tomasi, presidente de una fundación vinculada al Parque de la Ciencia. En un meeting corporativo en Costa Rica alguien preguntó: "¿por qué no en Uruguay?", y la respuesta inicial fue que si solo iban a facturar 20 o 40 millones no valía la pena; pero si iban a poner una fábrica para toda América Latina, sí. Como Jorge vivía en La Tahona, buscó un terreno cerca, sobre la ruta 101. Esa empresa terminó vendida a Megafarma, un grupo alemán especializado en farma, que invirtió 300 millones de dólares y compró un terreno al fondo del predio. Ese terreno hoy es de Google, con una inversión de 1.000 millones de dólares. Si Jorge no hubiera traído a Megafarma al Parque de la Ciencia, probablemente no tendríamos a Google acá; lo habrían hecho en Chile o Paraguay. Cuanta más gente esté agrupada en un buen entorno, con buenas posibilidades, más laburo se genera. Creo que hemos logrado reunir 1.500 familias de un nivel socioeconómico interesante, que hacen a un pequeño foco dentro de un departamento de Canelones enorme, con mil realidades distintas.

¿Qué otras marcas hay confirmadas en La Tahona Valley?

Tenemos un proyecto con un grupo inversor para un hotel con piscina de agua caliente, edificios de vivienda en propiedad horizontal de cuatro pisos, un centro comercial y un restaurante. Ya tuvimos una experiencia gastronómica interesante: ganamos una licitación en lo que era la vieja planta de Conaprole en Carrasco, frente al Lawn Tennis, donde armamos un mercado con socios especializados —siempre trabajamos con partners, nunca es alguien haciendo todo solo—. Ahora cerramos también con un restaurante argentino muy lindo en Carrasco, y tenemos ahí una oficina corporativa de La Tahona, como una pata en Montevideo para los socios. 

De esa experiencia gastronómica surge la idea de replicar una oferta similar en La Tahona Valley, sumada al restaurante del club y los catering de los eventos. Hace unos años no había dónde comer; hoy hay seis o siete lugares a la vuelta, y además todo llega por delivery, desde la comida hasta la farmacia.

¿Cómo se da la renovación generacional dentro del Grupo La Tahona? [Mientras transcurre esta entrevista nos acompaña Francisco Añón, hijo menor de Leandro y hoy director de La Tahona Desarrollos]

En la familia lo vivimos de cerca. Primero se fueron todos los hijos —llegamos acá con los chicos de entre 10 y 15 años— y después volvieron todos. Cada uno vive acá su propia experiencia. ¿Y cuánto vale que los nietos vayan en bicicleta a tu casa?

La vuelta se armó en ese concepto. Si mirás las distintas Tahonas, están los chicos jugando en la calle; de repente te encontrás con una bicicleta que hace dos o tres días que está en la puerta de un vecino y nadie fue a buscarla. Son cosas que pasaban en los barrios hace 35, 40 o 50 años, que te retrotraen a cuando Carrasco era un balneario, con poca gente que se quedaba en invierno.

Hoy somos un producto para gente joven: de los clientes que llegan, te diría que el 70% es joven y el 30% piensa en el retiro.

Pero del lado de la gestión de la empresa, ¿cómo se da la toma de posta de la nueva generación?

Somos una empresa familiar, y yo soy el primero que está en salida: tengo 64 años, con lo cual legalmente ya podría. [En este punto Francisco acota que su padre “no se va a retirar hasta los 100”: “De a poquito le vamos sacando responsabilidades”] A lo largo de los años tuve distintos roles en La Tahona, porque además tuve otras actividades mientras desarrollaba el proyecto. Eso te da la oportunidad de disponer de tiempo, porque son largas las remadas y los tiempos de estos negocios. Y a la generación que viene le va a pasar lo mismo.

Por eso no tenemos un solo proyecto: tenemos proyectos en ejecución, proyectos que hemos incorporado a la tierra y estamos planificando, y la obtención de permisos, que siempre es una etapa complicada y larga. Muchas de esas etapas las está llevando adelante la nueva generación; es un dato de la realidad, es lo que viene. Vamos bajando en familia, y de a poco los viejos nos corremos.

Pero esto se hace en equipo: hay un equipo técnico enorme que nos respalda, no hay una sola persona haciendo esto. Esa es la historia de La Tahona. Empezamos con el arquitecto Flores Flores, un personaje del urbanismo, y su socio Jorge Armas, que junto con Miguel Muñoz diseñó la cancha. Hoy trabajamos con el sobrino de Armas, que en aquel momento recién se había recibido. Hay toda una generación de arquitectos jóvenes: hoy hay entre 40 y 50 arquitectos construyendo acá, cada uno con su cliente, además de empresas constructoras chicas y medianas. Esto es casi un catálogo para la Facultad de Arquitectura por la cantidad de estilos. Es un formato único.

¿El modelo que desarrollaron acá es replicable en otras partes del mundo?

En realidad lo trajimos del mundo, no inventamos nada, más allá de que uno pueda tener la soberbia de creer que sí. Es como el Uber: ¿quién lo inventó realmente? Nosotros concebimos La Tahona con vivienda permanente, y así fue: tenemos muy poca gente de fin de semana. El uruguayo de fin de semana se va para afuera, como si tuviera una segunda vivienda; acá algunos resolvieron ese problema, porque el fin de semana lo pasan y lo disfrutan acá mismo, o cortan el viernes.

En el mundo hay cosas espectaculares: en Estados Unidos, en Brasil, siempre con idiosincrasias locales y desarrollistas locales. En Argentina los mejores desarrollistas son locales, en Estados Unidos también, es difícil que una empresa noruega desarrolle algo allá. El Doral, que desarrolló Trump, tiene cinco canchas de golf en 1.500 hectáreas y siete barrios. Cada modalidad tiene sus características: lo nuestro está más vinculado a lo rural. En Argentina he visto cosas que a mí me chocan, como una torre de 35 pisos, cinco torres y una marina al lado del río.

Cuando uno desarrolla, tiene que integrar una calidad acorde al público al que apunta. Nosotros hacemos esto. Hay mucha más propiedad horizontal en altura, en la ciudad, que metros cuadrados dedicados a clubes de campo: somos un nicho. El negocio de la propiedad horizontal es, seguramente, más rentable por metro cuadrado. Los tiempos de desarrollo son distintos, esto lleva más tiempo. Pero es lo que hacemos: le hemos dedicado los últimos 35, 40 años a esto, y la idea es seguir, aprovechando la trayectoria, con cosas nuevas.

¿Cómo se sigue? ¿Cuánto hay para seguir creciendo?

Yo te diría que en cada departamento del interior puede haber una Tahona —no como marca en cada lugar, pero con su propia impronta—. Tenemos un proyecto en Salto, que combina logística y residencial, y dos proyectos más en la costa, uno de ellos también con terrenos residenciales. Eso se va a llevar gran parte de la energía de La Tahona en los próximos 30 años.

El arquitecto Flores Flores decía que la tierra contiene el proyecto de alguna manera, que ya está destinado. Con los años hice un máster, y mi profesor me decía: "Locación, locación, locación”. Y en La Tahona hicimos todo al revés: había que estar cerca de la ruta, de los servicios, de la luz, del agua, de todo lo que no había acá. Nosotros elegimos una tierra de 120 hectáreas por la ventaja de su elevación: la elegimos por el paisaje, para la cancha de golf, porque entendíamos que eso iba a hacer que la gente se viniera a vivir al medio del campo en un entorno lindo, ya que todo lo demás alrededor es plano.

A veces cuando uno emprende lo hace por lo que ve, por lo que aprendió, por el momento. Mi profesor me decía que no me complicara, que no moviera tierra si no tenía resuelto el agua y la energía; esas remadas fueron un obstáculo para el desarrollo. Si no hubiera sido por eso, capaz nos hubiéramos desarrollado antes. Pero la modalidad funciona, y no es una sola generación: tenemos un mix de gente, algunos retirándose y volviendo a Montevideo, otros retirándose y yéndose a vivir a Punta del Este.

Tenemos extranjeros que vienen a trabajar: el primer año alquilan, el segundo ya se compran una propiedad. Hay gente de bancos de desarrollo, diplomáticos, un verdadero crisol de personas distintas, que después se cruzan en el Club House: de un conferencista a un filósofo, a un megaempresario. Y después están los vecinos que se juntan porque les gusta el vino, otros porque les gusta un habano, otros por la huerta y los chicos.

Por ejemplo, con todo lo nuevo que hicimos en el Cecade [Centro de Entrenamiento de Caballos Deportivos], nos trajimos un emprendimiento que estaba en Carrasco y vendió su tierra para instalarse acá, y nos encontramos con una clientela vinculada al hípico que no soñábamos tener. Funciona fenómeno: hay familias brasileñas que estaban pensando en venir a Uruguay, pasaron cerca del aeropuerto, googlearon el centro hípico de la zona, y se vinieron con toda la familia, con inversiones de las más grandes de la historia de La Tahona, por el caballo y todo lo que eso implica.

También los tickets están cambiando: aparecen operaciones que antes eran típicas de un barrio residencial o de una muy buena propiedad en Carrasco, pero que no eran los tickets nuestros.

¿De qué precios estamos hablando?

 Hoy hay terrenos de 2 millones de dólares, pero también negocios de 5 millones; eso no existía habitualmente acá, aunque sí en Punta del Este. Las cifras cada vez son más importantes, y nosotros somos una opción porque para desarrollar una vivienda de 4, 5 o 6 millones de dólares se necesita espacio, muchos metros cuadrados construidos. Acá tenés el entorno que lo justifica, y podés acceder a un valor de tierra por metro cuadrado que te da ese espacio. Esa es nuestra competencia, nuestra capacidad. El que quiere vivir frente al mar, se va a vivir frente al mar; nosotros tenemos claro cuál es nuestro producto, y quizás el éxito sea justamente la permanencia.

Basta venir a ver Viñedos o La Tahona para ver que lo que estamos construyendo va a quedar igual, o mejor, porque la tecnología ayuda. Hoy podés tener agua de riego y agua potable diferenciadas, iluminación con energía solar que no falla ni requiere cableado, y son millones de detalles los que suman. El Cecade, por ejemplo, nos permitió hacer dos lagos en una zona que antes se inundaba, y hoy tenemos agua de riego para un proyecto nuevo, además de poder rellenar el lago del golf original, que se estaba quedando sin agua.

La ingeniería ayuda a que todo sea circular, y que los distintos barrios sean linderos entre sí. Al final del día nos va a quedar una infraestructura de amenities única, con dos campos de golf, las viñas, el hípico, y lugares para que la familia disfrute, desde el cumpleaños de un niño hasta un casamiento o los 70 años del abuelo. Podemos atender todo ese abanico, y que la gente pueda traer su propio emprendimiento al lugar donde vive. Ese es, me parece, el factor por el cual se va haciendo comunidad.

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