Una moto, un premio de canto y millones facturados (la historia de Bunker en Paysandú)

En 2010, mientras el Mundial de Sudáfrica ponía a Uruguay en boca de todos, una frase repetida por periodistas deportivos inspiraba sin saberlo el nacimiento de una marca del interior que hoy es referencia en Paysandú: Bunker. Aquella idea que se escuchaba en cada transmisión –“la selección uruguaya está en el bunker”– se transformaría, años después, en concepto de refugio, identidad y pertenencia a una marca.

La historia de Bunker no empezó en un local ni con una gran inversión, empezó con un premio de canto. Sí, Guillermina Collares ganó un concurso de canto y el dinero del certamen lo invirtió en un viaje, en el que buscó ropa de mujer y de hombre para revender. Junto a Emiliano Vanzini, cargaban la mercadería en una moto y así salían a vender y entregar pedidos.

Sin estructura, pero con la convicción de que querían tener su propia tienda, Collares y Vanzini primero movieron la marca entre amigos y conocidos, generando un boca a boca en Paysandú que tuvo mucho eco, por su cercanía real y por el trabajo artesanal.

Si bien abrieron su primer local en una zona alejada del centro de Paysandú –claramente no era el punto ideal–, sabían que aquello era el comienzo de algo grande, porque la ropa era original, diferente a todo lo que había en la vuelta, trayéndoles cada vez más público.

En paralelo a esto, Vanzini comenzó a estudiar Marketing y entendió el poder de Facebook y la visibilidad digital. “En un momento donde casi nadie en el interior pensaba en contenido, nosotros ya estábamos ejecutando una estrategia”, dijeron los directores de Bunker, agregando que con así fue que “llegó la idea que marcó un antes y un después: una cabina estilo inglesa en la puerta del local”.

Ese detalle se convirtió en imán visual, en punto de referencia, en identidad. La cabina pasó a ser símbolo de la tienda y disparador de fotos, comentarios y tráfico. Bunker empezaba a construir marca, no solo ventas.

“Después de cuatro años, entendimos que el espacio nos había quedado chico y apareció la oportunidad de mudarnos a una transversal, a media cuadra de la peatonal. El impacto fue inmediato: las ventas crecieron tres veces”, dijeron.

El contenido en redes explotó: videos, creatividad, exposición constante. En un mercado donde casi nadie hacía comunicación profesional, Bunker ya pensaba como una marca grande, pero con adn familiar.

En 2017 surgió una oportunidad para vender la marca, una propuesta arriba de la mesa muy tentadora, pero que desestimaron e hizo que 2018 fuera un año duro, de decisiones, de presión y de redefinición.

“Lejos de frenar, redoblamos la apuesta y en 2019 nos mudamos al local donde estamos hoy, en pleno corazón de la ciudad, en 18 de Julio 1166, un movimiento que fue determinante para la marca y que hizo que la venta creciera de manera exponencial”, dijeron Collares y Vanzini.

En un solo mes llegaron a superar el millón de pesos en prendas vendidas, una cifra que para el interior del país marca un hito.

Ahora, cuando llegó la pandemia, Paysandú estuvo cerrada durante mucho tiempo y la incertidumbre fue total, pero Bunker decidió abrir, ajustar, mover stock, activar comunidad y los números otra vez despegaron.

Hoy Bunker combina marcas reconocidas junto a su marca propia: Camorra, cuyo diseño los distingue de verdad por la personalización.

“Entre remeras y canguros tenemos una producción de 400 prendas por mes de Camorra”, dijo Vanzini a InfoNegocios.

La marca cuenta con maquinaria para estampar prendas a medida, ofreciendo a los clientes llegar con una idea o una imagen, algo que el equipo convierte en producto terminado. Customización en tiempo real, experiencia directa, vínculo emocional con la prenda.

“No vendemos solo ropa, vendemos identidad”, dicen desde Bunker, que fiel a su esencia original combina creatividad, cercanía, trabajo familiar y visión comercial.

Lo que empezó con un premio de canto y una moto hoy es una marca consolidada que demostró que desde el interior también se puede pensar en grande, construir comunidad y facturar bien.

Porque el búnker ya no es refugio, sino plataforma de crecimiento.

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