Se nos vienen (europeos y estadounidenses de “alto patrimonio” llegan cada vez más con inversiones millonarias)

Al flujo de argentinos que miraban al país como refugio fiscal en los últimos años se ha sumado la llegada de personas desde el norte, que eligen invertir en el país en rubros como el real estate y el agro, cuyo interés no es “tanto por lo impositivo”, sino por un cambio en el estilo de vida, según indicó Matías Ruvira, socio fundador de Residencias Uy y del estudio RVA.

En los últimos dos o tres años Uruguay empezó a recibir un tipo de inversor distinto al que dominó buena parte de la década pasada. Al flujo de argentinos que miraban al país como refugio fiscal o plan B se le sumó —y en algunos casos lo reemplazó— la llegada de personas de muy alto patrimonio provenientes de Europa y Estados Unidos, que no solo tramitan residencia sino que invierten y, en muchos casos, se instalan para vivir.

Así lo describe Matías Ruvira, socio fundador de Residencias Uy y del estudio RVA, desde donde asesora a inversores y nuevos residentes que eligen Uruguay como destino. “El interés ya no viene tanto por lo impositivo, como pasaba con argentinos o brasileños, sino por un cambio en el estilo de vida”, señala el abogado en diálogo con InfoNegocios.

El contexto internacional explica buena parte del fenómeno. En Europa, la guerra entre Rusia y Ucrania generó un quiebre en la percepción de estabilidad, a la que se suma una presión fiscal elevada y un cansancio creciente con el modelo de vida europeo. “Cada vez es más común que personas de Francia, Alemania, Suiza o Bélgica piensen por primera vez en mudarse a otro país”, explica Ruvira. En Estados Unidos, en cambio, el disparador pasa por la polarización política y por un costo de vida que muchos consideran excesivo, especialmente entre personas retiradas que buscan mejor acceso a la salud.

Ese cambio de perfil también se refleja en los números. Ruvira habla del arribo de personas de alto patrimonio, es decir, extranjeros con patrimonios superiores a los US$ 100 millones.

Y las inversiones que realizan en Uruguay están en línea con ese nivel de capital. Uno de los rubros elegidos es el real estate de lujo, particularmente en Punta del Este, José Ignacio y La Barra. En ese rubro el promedio de las inversiones ronda entre US$ 1 millón y US$ 1,5 millones por propiedad, muchas veces adquiridas como residencia personal. En Montevideo, en tanto, predomina la lógica de armado de portafolios de propiedades para alquiler.

El agro es el otro gran imán. Allí los montos escalan rápidamente: la compra de campos y las inversiones en agronegocios pueden llegar a los US$ 10 millones o incluso superarlos, ya sea para arrendarlos o para explotarlos directamente. “Es muy atractivo para el extranjero comprar un campo en Uruguay”, resume Ruvira.

Dentro de este flujo se repiten tres perfiles claros. El que predomina es el de personas retiradas, que ya no trabajan y se vinculan con el país exclusivamente a través de la inversión. Pero también llegan profesionales y empresarios que siguen activos, con negocios en el exterior que gestionan desde Uruguay. En ese grupo aparecen con fuerza perfiles del software y de servicios, que muchas veces desembarcan con la idea de seguir trabajando para afuera, pero que, de acuerdo con el abogado, terminan armando sociedades locales y contratando mano de obra uruguaya, aprovechando un régimen impositivo atractivo para el sector.

En el caso de los europeos, la residencia fiscal uruguaya juega un rol central en la decisión. La posibilidad de dejar de tributar en su país de origen, sumada al tax holiday y a la exoneración sobre rendimientos del exterior, vuelve a Uruguay especialmente competitivo frente a regímenes fiscales que Ruvira define como “agresivos”. Para los estadounidenses, en cambio, el factor fiscal pesa menos, ya que Estados Unidos grava a sus ciudadanos sin importar dónde residan.

Aunque no hay cifras oficiales cerradas, el crecimiento es evidente en la práctica. Ruvira estima que, tras la última elección presidencial en Estados Unidos —en la que ganó Donald Trump—, la llegada de clientes estadounidenses se multiplicó por cuatro, con un aumento cercano al 300% respecto al período anterior.

¿Está Uruguay capitalizando bien esta oportunidad? Para Ruvira, el país parte de una base sólida: estabilidad política, seguridad jurídica, reglas claras y calidad de vida. Pero también hay margen para mejorar. En esa línea, señala como clave la necesidad de optimizar los procesos migratorios y avanzar en una residencia por inversión o “golden visa”, que permita acceder a una residencia legal a través de una inversión significativa, sin exigir ánimo de permanencia. “Eso abre muchas puertas para clientes de patrimonio alto que todavía no quieren mudarse, pero sí invertir fuerte en el país”, afirma.

Otro punto crítico es el régimen de ciudadanía. Hoy Uruguay no otorga nacionalidad plena a quienes acceden a la ciudadanía legal, lo que genera un problema concreto para personas de altos ingresos, como los estadounidenses, que no pueden renunciar a su ciudadanía de origen sin quedar apátridas. “Terminan comprando una ciudadanía por inversión en otro país, porque Uruguay no les garantiza lo que debería”, advierte.

Más allá de esos desafíos, Ruvira es optimista. Sostiene que Uruguay dejó de ser solo un plan B para convertirse en un plan A para muchos, y que en un mundo cada vez más inestable el país tiene todo para seguir atrayendo capitales y personas. La clave, dice, estará en cuidar la reputación construida y en generar un entorno donde el inmigrante se sienta bien recibido, quiera quedarse y seguir apostando por Uruguay.

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