Muy magro (Banco Mundial prevé apenas un 2,1% de crecimiento para la región en 2026, por debajo del 2,4% de 2025)

De acuerdo con el informe tituladoPanorama económico de América Latina y el Caribe”, la región sigue rezagada en la adopción de tecnología y en la capacidad de transformar conocimiento en negocios competitivos.

El último informe del Banco Mundial vuelve a poner el foco en un problema conocido pero todavía no resuelto en América Latina: la dificultad para crecer de forma sostenida. Para el mundo empresarial —y en particular para economías pequeñas y abiertas como la uruguaya— el diagnóstico no es nuevo, pero sí más urgente.

Según el documento Panorama económico de América Latina y el Caribe, la región crecerá apenas 2,1% en 2026, por debajo del ya modesto 2,4% de 2025, lo que la mantiene entre las de menor dinamismo a nivel global. El dato no solo marca el pulso de la macroeconomía, sino que condiciona decisiones de inversión, expansión y riesgo en el sector privado.

El informe señala que, más allá del contexto internacional —con incertidumbre financiera, tensiones geopolíticas y menor impulso de commodities—, el freno es estructural. América Latina no logra sostener los aumentos de productividad y allí aparece un punto clave para los empresarios: la región sigue rezagada en la adopción de tecnología y en la capacidad de transformar conocimiento en negocios competitivos.

La evidencia es contundente. Las empresas latinoamericanas incorporan nuevas tecnologías más lentamente que sus pares de Asia o Europa del Este, lo que impacta directamente en la calidad de las exportaciones y en la posibilidad de escalar en mercados internacionales. Incluso dentro de sectores con alto potencial, la región tiende a “apostar menos”, evitando riesgos que, en otros mercados, terminan impulsando saltos de productividad.

Para el tejido empresarial uruguayo, altamente integrado al comercio exterior, este punto resulta especialmente relevante. El Banco Mundial insiste en que la apertura —comercial, financiera y de conocimiento— sigue siendo un canal central para crecer, pero advierte que no alcanza por sí sola. Sin capacidades internas, la competencia externa no necesariamente impulsa la innovación.

En ese sentido, el informe introduce una idea que interpela tanto a gobiernos como a empresas: la política industrial ya no debe entenderse como protección sectorial, sino como una “política de aprendizaje”. Esto implica desarrollar capital humano, mejorar la gestión empresarial, facilitar la toma de riesgos y aprovechar la integración global para absorber tecnología.

El énfasis en la gestión no es menor. El documento subraya que las debilidades en prácticas gerenciales —desde planificación estratégica hasta control financiero— siguen siendo un freno concreto para la innovación y la internacionalización de las firmas. En otras palabras, no se trata solo de acceso a financiamiento o mercados, sino de cómo se administran las empresas puertas adentro.

A esto se suma un dato que atraviesa toda la región: la dificultad para generar apuestas de largo plazo. Tanto el sector privado como el público operan en entornos de alta incertidumbre, mercados poco profundos y limitaciones institucionales, lo que reduce la disposición a invertir en proyectos más innovadores o sofisticados.

En paralelo, el informe advierte sobre un fenómeno que también condiciona la estrategia empresarial: la desindustrialización prematura. América Latina pierde peso manufacturero antes de alcanzar niveles altos de ingreso, en un contexto donde la automatización y los cambios tecnológicos hacen más difícil replicar el modelo exportador asiático.

Para Uruguay, donde el sector agroexportador mantiene competitividad global, el desafío pasa por diversificar sin perder eficiencia. El mensaje del Banco Mundial es claro: el problema no es el sector en sí, sino la capacidad de incorporar innovación, sofisticar procesos y escalar en cadenas de valor.

Así, el informe deja una conclusión que resuena en clave empresarial: crecer más en América Latina no depende tanto de encontrar nuevos sectores “ganadores”, sino de mejorar la forma en que las empresas aprenden, invierten y compiten. En ese terreno —menos visible que las variables macro— se juega buena parte del futuro productivo de la región.

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