Competitividad artificial en los negocios (experto valoró aplicación de IA en el agro en Uruguay y proyecta generación de más de US$ 1 billón anuales en valor en la región)

Un informe de McKinsey & Company apunta a que si bien hoy en América Latina “existe mucha adopción” de la inteligencia artificial, “en muchos casos está limitada a herramientas de productividad individual en vez de la reinvención de flujos de trabajo”.

La inteligencia artificial (IA) ya incide en la competitividad de las economías. Un reciente informe de McKinsey & Company estima que podría generar entre US$ 1,1 y 1,7 billones anuales en valor para América Latina. La cuestión para Uruguay es cómo apropiarse de una parte relevante de ese potencial sin diluir esfuerzos.

Para Philipp Haugwitz, partner de la firma en Ciudad de México y líder de McKinsey Digital en ese país, el punto de partida es auspicioso. “Uruguay ya ha tenido buenos avances en su estrategia de IA. La clave está en los grupos de acción que mencionamos en el reporte, con un foco estratégico y una estrategia nacional”, afirmó a InfoNegocios Uruguay.

El énfasis, sostuvo, debe ser sectorial. “Lo mismo que es verdad para organizaciones, es verdad para países y economías: un foco en ciertos sectores estratégicos permite dirigir esfuerzos a donde tengan más impacto”. En ese marco, valoró el trabajo en agro: “Vemos como algo positivo el foco que ha habido en el uso de IA para agricultura”.

La captura de valor, sin embargo, exige bases estructurales. Haugwitz identificó cinco condiciones: infraestructura, talento, capital, confianza y coordinación. En infraestructura, remarcó que no alcanza con generar energía. “Es necesario asegurar la conectividad, los fundamentos en datos y la disponibilidad de recursos sostenibles como agua y energía. No es solo un tema de generación sino también de conectividad de redes para que la energía esté donde se necesite”.

En talento, el desafío es anticipar capacidades. “Uruguay debe asegurar la presencia de capacidades para el futuro en los currículos educativos. Esto incluye no solo capacidades duras sino también capacidades blandas como pensamiento crítico y ética, además del apoyo para la educación continua”.

El informe también expone una brecha entre adopción y resultados: solo el 23% de las organizaciones latinoamericanas genera valor económico con IA y apenas el 6% lo hace de forma significativa. Para Haugwitz, el problema no es la falta de herramientas sino la profundidad del cambio. “Existe mucha adopción, pero en muchos casos está limitada a herramientas de productividad individual en vez de la reinvención de flujos de trabajo”.

El diferencial surge cuando la tecnología se integra en la estrategia. “El valor viene de una reingeniería de cómo trabajamos. En los casos más avanzados, incluso bajo una lógica de organizaciones híbridas entre humanos y agentes”. Y agregó: “Si existe una estrategia de crecimiento de ventas, lo ideal es que la estrategia de IA apunte a dominios y casos de uso con el mismo objetivo”.

En materia regulatoria, Uruguay fue el primero en la región en firmar la Convención Marco del Consejo de Europa sobre IA y Derechos Humanos. Para Haugwitz, regulación e innovación no se excluyen. “No son contradictorias regulación e innovación, pero es importante tomar en cuenta las consecuencias de la regulación”. La incertidumbre también pesa: “La falta de claridad regulatoria se vuelve una barrera. El 18% de las organizaciones encuestadas dice que la falta de regulación específica de IA es un cuello de botella para la inversión, adopción y escala”.

Finalmente, subrayó que el desarrollo de talento y ecosistemas es una tarea compartida. “El tema de talento es una responsabilidad entre los sistemas formales y las empresas. Mucho del trabajo no es solo educar a las nuevas generaciones sino también la capacitación del talento existente”. También planteó la oportunidad de esquemas regionales y público-privados. “Las colaboraciones deben estar enfocadas estratégicamente en donde más impacto pueden generar”.

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