20 años de trazabilidad: la herramienta que convirtió la carne uruguaya en un producto con identidad y respaldo

Uruguay cumple 20 años desde la implementación de la trazabilidad individual obligatoria del ganado bovino, un sistema que pasó de ser una respuesta a los desafíos sanitarios a convertirse en una de las principales herramientas de diferenciación de la cadena cárnica uruguaya.

 

El aniversario fue conmemorado por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP), con la participación del ministro Alfredo Fratti y del director del Sistema Nacional de Información Ganadera (SNIG), Gabriel Osorio, junto a referentes que participaron de distintas etapas de construcción del sistema.

La trazabilidad individual comenzó a implementarse obligatoriamente el 1.º de setiembre de 2006, a partir de la creación del Sistema de Identificación y Registro Animal (SIRA) y de la Ley N.º 17.997. Cinco años después, en 2011, Uruguay había logrado identificar y registrar individualmente la totalidad de su rodeo bovino.

Desde entonces, el sistema permite seguir la trayectoria de cada animal desde su nacimiento, registrar sus movimientos y cambios de propiedad y vincular esa información con su ingreso a la industria frigorífica. Esto posibilita incluso relacionar un corte de carne con el animal del que provino.

Pero el alcance de la herramienta va más allá de conocer el origen de la carne. La información generada por el sistema permite mejorar la vigilancia sanitaria, reconstruir rápidamente los movimientos de los animales ante un eventual foco de enfermedad y respaldar los procesos de certificación y control exigidos por distintos mercados internacionales.

Para Uruguay, donde la producción cárnica compite más por calidad y confiabilidad que por volumen, ese atributo adquiere un peso estratégico. La trazabilidad se convirtió así en parte de la propuesta de valor del producto uruguayo y en una herramienta para sostener el acceso a mercados cada vez más exigentes.

Durante la jornada, Fratti destacó precisamente la continuidad del sistema a lo largo de distintas administraciones. A dos décadas de su puesta en marcha, sostuvo que la trazabilidad logró trascender los cambios de gobierno para consolidarse como una política de Estado y un bien público.

El desafío ahora pasa por llevar esa herramienta a una nueva etapa. Osorio planteó que el sistema puede incorporar información vinculada a nuevos atributos de la producción, como el balance entre captura de carbono y emisiones de metano, la conservación de la biodiversidad y la protección de bosques y pastizales nativos.

La tecnología también abre la puerta a nuevas aplicaciones vinculadas al control sanitario, entre ellas el combate a la garrapata, además de una mayor digitalización e interoperabilidad de los sistemas de información.

La historia de la trazabilidad uruguaya, en realidad, comenzó mucho antes de 2006. Desde los registros de marcas y señales creados en 1877 y la posterior construcción del sistema DICOSE, el país fue acumulando herramientas para identificar productores, establecimientos, existencias y movimientos de ganado. La crisis de fiebre aftosa de 2001 marcó un punto de inflexión y aceleró la necesidad de contar con información más rápida y precisa.

Con la creación del SNIG y las primeras experiencias de identificación individual entre 2002 y 2004, Uruguay comenzó a construir la infraestructura que finalmente desembocaría en el sistema obligatorio.

20 años después, aquella decisión dejó de ser únicamente un mecanismo de control para transformarse en un activo de la cadena cárnica. En un mercado internacional donde el origen, la sanidad, la sostenibilidad y la transparencia ganan relevancia, Uruguay busca ahora aprovechar la información que ya tiene para sumar nuevos atributos a su producción.

La trazabilidad que nació como respuesta a una necesidad sanitaria hoy es también una herramienta de competitividad. Y el próximo desafío será convertir esos millones de datos acumulados durante dos décadas en nuevas oportunidades para la producción uruguaya.

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