La vivienda promovida se construye para algunos (y el crédito de los bancos de Uruguay no financia)

Hay una forma cómoda de leer el balance de la vivienda promovida en Uruguay: se construyó mucho, se generó oferta y el sector no se detuvo. Todo esto es cierto. Pero hay otra lectura, menos celebratoria y más honesta, que el tiempo ya permite hacer: el sistema logró exactamente la mitad de lo que se propuso. Y la mitad que faltó es la más importante.

Según Gonzalo Martínez, CEO de Moebius Inteligencia Inmobiliaria, la Ley de Vivienda de Interés Social –actualmente denominada Vivienda Promovida–, nació con un objetivo preciso: acercar la vivienda nueva a sectores medios que, sin intervención del Estado, quedaban fuera del mercado. El instrumento elegido fue la exoneración tributaria al desarrollador privado. ¿A cambio de qué? De producir unidades a precios accesibles.

Martínez sostiene que el sistema activó la oferta, pero no resolvió la demanda. ¿Por qué? Porque el crédito hipotecario fue la pieza que faltó.

“Más de 60.000 viviendas proyectadas y más de 2.000 proyectos ingresados al sistema hablan de un éxito innegable en términos de volumen”, dice el CEO de Moebius, agregando que “el desarrollador respondió, el sector de la construcción se sostuvo durante años con ese combustible y ahí el sistema funcionó. Pero el comprador no apareció”.

Los números lo dicen con claridad: entre 2013 y 2025, en los 13 años del ciclo completo de Vivienda Promovida –la ley fue promulgada en agosto de 2011 y publicada un mes después–, el precio de venta del monoambiente promedio en Montevideo creció un 55,5%, mientras el alquiler creció un 73,5%. El alquiler ganó la carrera al precio.

“Lo que eso significa en términos concretos es que la rentabilidad para el inversor mejoró sistemáticamente, mientras la distancia entre el alquiler que paga una familia y la cuota que necesitaría para comprar se fue ampliando año tras año. El sistema, en lugar de acercar al comprador final a la propiedad, lo fue alejando”, dice Martínez.

Según los datos de INMOVIN procesados por VALORIS –ambas herramientas de Moebius, en abril de 2026 la cuota hipotecaria para adquirir un monoambiente financiado a 20 años, con la mejor tasa del mercado en UI del BHU al 4,25%, supera al alquiler equivalente en prácticamente todos los barrios de Montevideo.

En Pocitos la brecha es de 28,8%, en Punta Carretas de 39,2% y solo el Prado presenta una situación donde comprar financiado resulta más conveniente que alquilar. No es un dato menor: estamos hablando de un solo barrio sobre los 20 que componen el mercado relevado.

¿Por qué es la pregunta que le hicimos a Martínez desde InfoNegocios? Porque el crédito hipotecario en Uruguay es caro, exigente en términos de ingresos demostrables y de bajísima penetración.

“En el mercado uruguayo solo cuatro instituciones ofrecen crédito en dólares —con plazos reales de hasta 15 años en la mayoría de los casos— y la diferencia de costo entre financiar en dólares versus en UI a 20 años es de aproximadamente US$ 49.000 sobre un capital de US$ 100.000. Son barreras reales. No hay familia de ingresos medios que las pueda ignorar”, sostiene Martínez.

El resultado fue predecible: el comprador final desapareció del sistema y, cuando el comprador desaparece, el mercado no se detiene: se adapta. ¿Qué pasó? Entró otro jugador: el inversor, que no tiene el problema del crédito, compra con capital propio, no necesita un banco que le preste a 20 años y tiene una lógica perfectamente racional: busca rentabilidad, adquiere unidades chicas porque son las que mejor rinden en relación al metro cuadrado y las vuelca al mercado de alquiler.

“El desarrollador, que necesitaba vender, encontró en el inversor al único comprador disponible. Y construyó para él”, afirma el CEO de Moebius Inteligencia Inmobiliaria.

Esto explica la composición del stock de Vivienda Promovida: concentrado en tipologías pequeñas, orientado al rendimiento locativo, pensado para el inversor que compra y no para la familia que necesita una vivienda. No fue una decisión ideológica ni una falla de diseño del promotor privado. Fue la consecuencia directa de un sistema que activó la oferta sin resolver la demanda.

El debate público suele enfocarse en el producto: se critica el tamaño de las unidades, se cuestiona la concentración geográfica, se discute la calidad edilicia. Todo eso puede ser válido en sus términos, pero es una discusión sobre síntomas.

La causa está más arriba: el sistema financiero nunca acompañó al sistema de vivienda.

No hay país en el mundo donde el acceso masivo a la propiedad se haya resuelto sin crédito hipotecario de largo plazo y amplia cobertura. No hay mercado donde el inversor individual pueda reemplazar estructuralmente al comprador final sin que el sistema derive hacia la concentración y la especulación.

“Uruguay no inventó una excepción a esa regla. Simplemente la ignoró”, sostiene el CEO, agregando que “el ciclo que viene no invita al optimismo”.

Los datos de construcción proyectada para 2026-2029 muestran un mercado que pasará de 2.184 unidades disponibles en 2025 a 5.810 en 2027, algo así como 2,7 veces el stock actual en solo dos años. Es el mayor salto de oferta registrado en los trece años que mide INMOVIN.

“Esa oferta llegará a un mercado donde el crédito sigue siendo el mismo, donde el comprador final sigue sin herramientas y donde el inversor seguirá siendo el único con capacidad real de absorción”, señala Martínez.

La pregunta no es si habrá oferta, la pregunta es para quién. Lo que queda no es un fracaso total sino algo más complejo y más difícil de corregir: un sistema que funcionó para quienes no era prioritario que funcionara y que dejó afuera exactamente al segmento que justificaba su existencia.

El desarrollador construyó. El inversor compró. El inquilino paga. Y el comprador que la política pública quería crear sigue esperando, sin crédito, sin herramientas y sin que nadie parezca tener urgencia en cambiar eso.

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