La globalización y el cambio climático, las claves del avance de enfermedades como el Zika

(Por Dr. Roberto Salvatella, coordinador de la Diplomatura “Gestión en Salud Pública”)

El proceso de la actual globalización ha asegurado un crecimiento exponencial en el transporte de personas y mercaderías; en la diseminación, crecimiento y renovación de hábitos y costumbres, consumos y necesidades. Paralelamente, fenómenos climáticos globales van pautando transformaciones en las temperaturas, humedad, lluvias, vientos y en la intensidad de acontecimientos meteorológicos, que transforman las realidades de amplias zonas del planeta.

En este marco global, con variantes regionales, subregionales y aun locales, resurgen, como preocupación genuina y prioritaria, las enfermedades transmisibles. Todas aquellas afecciones que asolaron, afligieron y preocuparon a la humanidad por siglos, y que son producidas por agentes biológicos —ya sean estos: virus, bacterias, parásitos u hongos—, pasan, en algunos casos, a ser las llamadas enfermedades emergentes o reemergentes. Se trata de patologías nuevas para el conocimiento humano, o de algunas conocidas que cobran renovado protagonismo al aumentar su presencia o al ser más graves en su evolución.

Ejemplos abundan, y de diferente tipo, en una lista no exhaustiva: HIV/SIDA, dengue, ebola, cólera, Chikungunya, leishmaniasis visceral, leishmaniasis cutánea, influenza pandémica, zika, entre otras.

Evidentemente, los movimientos de mercaderías y personas hacen a la dispersión de reservorios de infección y/o de vectores de transmisión, y las nuevas condiciones climáticas amplían y renuevan las áreas de distribución de estas enfermedades, con determinantes socio-económico-culturales que pueden llegar tanto a favorecer, como a limitar su dispersión o asentamiento.

El caso del virus Zika es interesante. Un virus, descrito por primera vez en 1947, en una floresta tropical de Uganda, inicia década por década una dispersión con presencia de casos humanos hacia toda el África Ecuatorial en los años cuarenta; rumbo a Pakistán, Malasia e Indonesia en los setenta; para pasar a la Melanesia, Micronesia y Polinesia del Pacífico a inicios del Siglo XXI; y finalmente en 2014-2015 hacer su arribo a Sudamérica, para progresar país por país en toda América, con excepción de Uruguay, por el momento.

Previa a esta diseminación del virus, que se creía causaba un cuadro febril “benigno”, con dolores musculares y articulares, se cumplía la diseminación de su insecto vector que la justificaba: la del mosquito Aedes aegypti, vector tradicional de serias virosis como la fiebre amarilla, el dengue, y el Chikungunya, entre otras. Mosquito urbano, que existe, mientras las personas le den hábitat doméstico en su domicilio, con criadero en las más diversas fuentes cotidianas de agua estancada, y es objetivo final común del control de todas estas enfermedades.

Hoy, cuando conocemos y sabemos que la fiebre Zika es causa de graves cuadros neurológicos y terribles malformaciones congénitas, como la microcefalia en recién nacidos de madres que en su embarazo cursaron la infección, la sociedad debe redoblar su compromiso en el control de Aedes aegypti, compromiso tan simple, pero a la vez tan complejo.

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